venía de la tierra.
de mucho tiempo.
sentía exceso de ella,
y recordaba esa maravillosa invitación al agua,
que no pudo aceptar,
de la que huyó.
caminaba,
al trote.
tiempo después,
comenzo a trotar, y luego,
al galope.
de mañana, al mediodía, a la tarde o nochecita.
la única coherencia, se la dictaba el acto espontaneo e irracional
de atar los cordones de sus zapatillas, sorprendiéndose en el mismo hecho.
sólo sabía que cuando su corazón disparaba,
salía al mundo del viento,
sin poder frenarse,
aún mintiendose minuto a minuto
que en el próximo descuido lo hacía.
se despegaba de la tierra
en cada salto
jugando en la mísmisima fisura que cada despegue le generaba
ríendose…
tenía un ritmo.
tenía un sentido.
en el preciso instante
ése
en el que el viento le alivianaba el horizonte
regresaba
con un maravilloso silencio.
y dejaba correr el agua en su cuerpo,
se sumergía en ella largo rato…
tiempo después,
empezó a necesitar el silencio.
un silencio nuevo
del vacío.
ya no no necesitaba amigos que la alivianen,
su corazón estaba renovado.
despidió al viento desde la ventana de su cuarto,
dejándolo partir,
cómplice de su maravilla.
y después de tanta actividad
le encontró sentido al silencio,
que le quitó el trabajo al viento.
que le devolvió el sentido a la actividad.
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